A principios de la década de los ochenta, elaborar el presupuesto en México era una auténtica odisea. En los últimos meses del año, quienes trabajábamos en esa tarea dentro de la Secretaría de Educación Pública prácticamente vivíamos en la oficina. Las hojas de cálculo eran interminables columnas de cifras hechas a mano, confirmadas con calculadora y acompañadas por metros de papel que salían de las impresoras mecánicas.