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Fuentes de luz y desarrollo tecnológico para el beneficio de la sociedad

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Publicación: calendar_month 9 de marzo de 2026

A principios de la década de los ochenta, elaborar el presupuesto en México era una auténtica odisea. En los últimos meses del año, quienes trabajábamos en esa tarea dentro de la Secretaría de Educación Pública prácticamente vivíamos en la oficina. Las hojas de cálculo eran interminables columnas de cifras hechas a mano, confirmadas con calculadora y acompañadas por metros de papel que salían de las impresoras mecánicas.

Cuando parecía que finalmente habíamos alcanzado una versión “definitiva”, la voz del director interrumpía: “Compañeritos, tenemos que recalcular las cifras; el Secretario ha replanteado el apoyo al proyecto ‘x’ o al proyecto ‘z’”. Y comenzaba de nuevo la danza de números al ritmo de decenas de teclas presionadas al unísono. Era un ejercicio agotador que consumía tiempo, recursos y paciencia.

Todo cambió en 1985. Apple introdujo la Macintosh y, con ella, programas de cálculo como Multiplan y después Excel. Lo que antes tomaba días se resolvía en segundos. Un cambio numérico se reflejaba instantáneamente en pantalla. Aquella herramienta no solo modificó la manera de hacer presupuestos: transformó por completo las reglas del juego. Y México tuvo la fortuna de que la barrera de entrada a esa tecnología fuera relativamente baja. Su adopción administrativa permitió que se democratizara rápidamente.

La historia del sincrotrón —o fuente de luz sincrotrón— ha sido muy distinta. El sincrotrón es tan revolucionario para la ciencia como la computadora lo fue para la gestión administrativa. Pero su ámbito es altamente especializado. Se trata de una instalación donde electrones acelerados producen una luz extremadamente brillante que permite observar la materia a nivel molecular y atómico. Es una herramienta utilizada por disciplinas como la biología molecular, la medicina, la química, la energía, la antropología o la arqueología.

A diferencia de la computadora personal, la barrera de entrada de un sincrotrón es enorme. Requiere inversiones multimillonarias para su construcción, operación y actualización. Además, su impacto es menos visible para el público general. Es, en cierto sentido, un “secreto a voces”, pero con muy pocas voces.

Sin embargo, su capacidad transformadora es profunda. El sincrotrón es el telescopio James Webb del mundo microscópico. Permite ver cómo los átomos y las moléculas determinan procesos que afectan nuestra vida diaria. Fue clave para acelerar el desarrollo de vacunas contra el COVID-19. Ha identificado microplásticos en lagos de la Antártida. Está contribuyendo al diseño de nuevos materiales con propiedades extraordinarias para energías limpias.

Las grandes potencias lo entendieron hace décadas. En los últimos treinta años han invertido cerca de 50 mil millones de dólares en más de 50 instalaciones de este tipo. Globalmente, más de 100 mil investigadores han utilizado sincrotrones y han producido más de 177 mil artículos científicos en múltiples disciplinas. Japón, sin los recursos naturales de México, apostó decididamente por esta tecnología y hoy cuenta con once sincrotrones. Brasil construyó Sirius en la Universidad de Campinas (UNICAMP), posicionándose en la élite científica regional.

En América Latina solo existe una fuente de luz sincrotrón: Sirius, en Brasil. México ha intentado construir la suya en varias ocasiones. Desde 2007, grupos del CINVESTAV y la UNAM propusieron desarrollar un acelerador circular para producir luz sincrotrón. Otras propuestas siguieron en 2011 y años posteriores. Dos gobiernos estatales —Morelos en 2014 e Hidalgo en 2019— respaldaron la iniciativa. En Hidalgo incluso se aprobaron 500 millones de pesos como capital semilla, pero sin la contraparte federal el proyecto no avanzó. El tiempo político se agotó y volvió al invernadero.

Hubo también apoyos significativos. El Instituto de Mexicanos en el Exterior y la Red Global de Mexicanos en el Exterior firmaron en 2016 una carta de respaldo sin precedentes, subrayando la urgencia de contar con un sincrotrón nacional. La Comisión de Ciencia y Tecnología de la LXII Legislatura solicitó recursos en el Presupuesto de Egresos de la Federación para su construcción. Se han abierto caminos, pero la meta aún está distante.

La ausencia de esta infraestructura tiene un costo silencioso. Se llama pérdida de soberanía tecnológica. Soberanía entendida como la capacidad de un país para responder a sus propios desafíos. Durante la pandemia, México destinó 40 mil millones de pesos para la compra de vacunas en un solo año, una cifra equivalente al costo de varios sincrotrones en operación. La vacuna Patria representó un esfuerzo valioso, aunque tardío frente a la velocidad de evolución del virus. El intento merece reconocimiento. Pero la experiencia dejó una lección clara sobre preparación y capacidad propia.

En múltiples reuniones con empresarios, académicos y legisladores he escuchado razones para no avanzar: no es el momento político, no es rentable en el corto plazo, no genera votos inmediatos. La falta de una visión transexenal complica proyectos de esta magnitud. Sin embargo, renunciar implica condenar a futuras generaciones a depender tecnológicamente de otros.

El camino hacia la soberanía está lleno de obstáculos, pero también de posibilidades. Persistir significa buscar el “cómo sí”. El equipo que impulsa este proyecto ha abierto nuevas rutas para mantener viva la aspiración de contar con una fuente de luz sincrotrón en México.

Cortex
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