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El espejo del progreso

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Publicación: calendar_month 9 de marzo de 2026

Si pudiéramos viajar a 1960 y poner frente a frente a México y Corea del Sur, la apuesta lógica de cualquier inversionista habría sido México. Los números no mentían: el PIB per cápita mexicano era de 345 dólares, mientras que el de Corea del Sur apenas llegaba a los 158. México era, literalmente, el doble de rico. Teníamos el "Milagro Mexicano" a todo vapor, construyendo presas y carreteras, mientras ellos intentaban levantarse de las cenizas de una guerra.

Sesenta años después, el espejo nos devuelve una realidad que incomoda. Corea del Sur es hoy un titán tecnológico que marca el ritmo del mundo, y México, sigue enfocado en la manufactura. ¿Qué pasó en el camino? La diferencia no está en las ganas de trabajar, sino en lo que se decide invertir. Mientras ellos apostaron por la infraestructura del conocimiento, nosotros nos quedamos en la infraestructura básica.

Hoy, las naciones que realmente mandan en la economía global no solo administran recursos; inventan el futuro. Y lo hacen invirtiendo entre el 3% y el 5% de su PIB en ciencia y tecnología. En México, hemos vivido estancados en un histórico que oscila entre el 3% y el 0.5%. Esa brecha no es solo una cifra en un presupuesto; es la diferencia entre ser los que compran la tecnología o ser los que cobran por ella.

Un país que invierte en ciencia invierte en su capacidad de decidir su propio futuro.

La inversión en ciencia no es únicamente una decisión presupuestal. Define la capacidad de un país para generar tecnología propia, desarrollar industrias complejas y participar en los sectores más avanzados de la economía global.
Una parte importante de esa capacidad depende de lo que los científicos llaman infraestructura de gran ciencia.

Se trata de instalaciones de gran escala —aceleradores de partículas, sincrotrones, telescopios gigantes, supercomputadoras o plataformas avanzadas de biotecnología— diseñadas para ampliar radicalmente nuestra capacidad de observar, medir y comprender la naturaleza.

Estas máquinas no son grandes únicamente por su tamaño. Son grandes porque permiten responder preguntas que de otra manera serían inaccesibles.

Un ejemplo reciente se observó durante la pandemia de COVID-19. En diversos sincrotrones del mundo se utilizaron rayos X de alta intensidad para resolver la estructura tridimensional de proteínas clave del virus SARS-CoV-2. Comprender estas estructuras a nivel atómico permitió estudiar cómo el virus interactúa con las células humanas y contribuyó al desarrollo de tratamientos, anticuerpos y estrategias para el diseño de vacunas.

Este tipo de avances ilustra cómo funcionan las grandes infraestructuras científicas: permiten generar conocimiento fundamental que, con el tiempo, se convierte en innovación tecnológica, aplicaciones médicas y desarrollos industriales.

Las grandes instalaciones científicas suelen surgir cuando tres actores trabajan de forma coordinada: gobierno, industria y academia. Cuando estas tres esferas se articulan, la investigación científica puede traducirse en tecnología, empresas, empleos altamente especializados y cadenas productivas completas.

Cuando no tenemos nuestras propias máquinas, dependemos de la buena voluntad o de la agenda de otros. Tener infraestructura de "Gran Ciencia" es, en el fondo, una cuestión de libertad y soberanía. Un sincrotrón no solo sirve para estudiar virus; sirve para que un agricultor tenga mejores fertilizantes, para que tu celular tenga una batería que dure días o para que las empresas mexicanas dejen de importar soluciones y empiecen a exportar innovación.

Construir estas infraestructuras es apostar por soberanía científica y desarrollo.

Y para ello necesitamos la "Cuádruple Hélice": que el Gobierno, la Academia, la Industria y la sociedad hablen el mismo idioma. No podemos seguir viendo la ciencia como un gasto o un lujo de intelectuales. Es el motor que genera empleos, que evita que nuestros jóvenes tengan que irse del país para cumplir sus sueños. La ciencia no sabe de periodos de seis años ni de colores. Exige una visión de Estado, una planeación que sobreviva a las administraciones.

Al final del día, las máquinas que una sociedad decide construir son el reflejo de sus aspiraciones. Si solo construimos lo básico, nuestro futuro será básico. Pero si nos atrevemos a construir las máquinas científicas y tecnológicas estaremos garantizando que México se vea como un protagonista y no como un simple espectador.

Portada: Pohang Light Source es el sincrotrón de Corea del Sur, activo desde 1995. Foto: Pohang Accelerator Laboratory (PAL).

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Lamán Carranza

Lamán Carranza Ramírez es un divulgador científico, emprendedor y desarrollador de grandes proyectos. Es Abogado y Maestro en Derecho Parlamentario. Se desempeña como Director General de la revista Obsidiana: Ciencia y Cultura por México

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