Hay juegos que no terminan cuando cae la tarde. Permanecen en el cuerpo, en la memoria de los pueblos y en la manera en que una civilización entiende el movimiento del mundo. Para el cineasta mexicano Roberto Rochín, el ulama no es sólo una herencia del pasado: es una tradición viva y una de las expresiones más antiguas de la relación entre cuerpo, rito, ciencia y cultura.
Su película Ulama: El juego de la vida y la muerte se convirtió en un referente del cine documental e histórico en México. Ganadora de cinco Premios Ariel en 1988 —incluidos Mejor Ópera Prima y Mejor Largometraje Documental— y de la Diosa de Plata a Mejor Ópera Prima, la obra abrió una conversación profunda sobre el juego de pelota mesoamericano. También se presentó en la Expo Mundial de Hanover en 2000 y en el Museo Metropolitano de Nueva York en 2003. Detrás hubo ocho años de investigación y filmación dedicados a recrear los orígenes prehispánicos de una práctica que nunca dejó de jugarse.
Rochín parte de una idea esencial: la cultura también nace del juego. Su película se apoya en la teoría del Homo Ludens de Johan Huizinga, que plantea que la civilización humana se desarrolla a partir de la capacidad de jugar. Desde ahí, el ulama aparece no como entretenimiento, sino como una estructura simbólica de conocimiento. “El juego de pelota es un elemento esencial de cómo los pueblos mesoamericanos estructuraban su entendimiento de la realidad”, explica.
En esa visión, la pelota no sólo rebota: inaugura el tiempo. Rochín relaciona el movimiento de la bola de hule con el Ollin, “el elemento iniciático del mundo, lo que pone en marcha el tiempo”. Con más de 3,500 años de antigüedad, el juego sobrevivió a procesos violentos de transformación histórica y permaneció en el sur de Sinaloa como una práctica viva. Esa continuidad es una revelación: hay memorias que no se conservan en vitrinas, sino en cuerpos que siguen jugando.
La dualidad atraviesa toda la película. Luz y oscuridad, día y noche, calor y frío, vida y muerte: fuerzas opuestas que encuentran equilibrio en el rito del Ule-Oli. Mantener la pelota en movimiento era una manera de simbolizar el balance del universo. El principio del Ollin, dice Rochín, era “la esencia de la cosmogonía; del orden de las cosas”.
Documentar una tradición viva implicó asumir una postura. Rochín reconoce que todo cineasta interviene, porque siempre existe un punto de vista. En su caso, esa mirada tuvo una tesis clara: demostrar que el ulama de cadera practicado por los últimos jugadores de Sinaloa es el auténtico descendiente del juego original. Para sostenerlo, realizó referencias cruzadas con restos arqueológicos, arte prehispánico, crónicas históricas y estudios especializados. También introdujo recreaciones de mitos y leyendas, haciendo que los propios jugadores actuaran “esta especie de vuelta al pasado mitológico”.
La dimensión científica del ulama aparece con fuerza en los detalles. Rochín identifica siete marcadores comunes en las canchas, desde el taste utilizado en Sinaloa —proveniente del náhuatl tlachtli— hasta las grandes canchas de Chichén Itzá, Copán, El Tajín o Xochicalco. También encuentra en la indumentaria de los jugadores —el fajado, la gamuza o maxtlatl, la faja, el chimalli y los protectores— rastros de una tecnología del cuerpo.
La película permitió reproducir la mecánica del juego en una cancha prehispánica en Yagul, Oaxaca, comprobando el uso de paredes y elementos arquitectónicos antiguos. En este punto, el ulama se revela como una forma temprana de ciencia del deporte: biomecánica, equilibrio, resistencia física, movimiento de la cadera y relación entre cuerpo, espacio y materia.
El hule ocupa un lugar central. El “ule”, látex natural indispensable para la práctica del juego, es un polímero con la propiedad de rebotar. Rochín recuerda que este material maravilló a los primeros exploradores europeos, pues era desconocido fuera del continente americano.
El momento más revelador para Rochín ocurrió desde el primer contacto con el juego. “Me impresionó mucho e imaginé las posibilidades que tenía de realización al constatar la conexión con el pasado ancestral”, recuerda. Ese asombro creció al descubrir errores y zonas poco estudiadas. El proyecto también creció visualmente: de un formato inicial en 16 mm pasó a 35 mm. “La imagen tenía que hacer justicia a la importancia del juego”, afirma.
El cine tuvo efectos concretos: los jugadores recuperaron el orgullo de ser portadores de una tradición milenaria, se revaloró la identidad cultural y la película ayudó a impulsar la práctica más allá de Sinaloa. La recuperación de la manufactura del ule permitió fabricar más pelotas y repartirlas entre comunidades, favoreciendo la preservación del juego hasta nuestros días.
Frente a las nuevas generaciones, Rochín sabe que la memoria necesita nuevos lenguajes. Por eso ha desarrollado aplicaciones móviles y experiencias interactivas con Kinect para popularizar el juego. La curiosidad de los jóvenes confirma que el ulama también puede dialogar con la tecnología y la educación.
El cineasta hace una precisión fundamental: sería un error afirmar que el juego de pelota mesoamericano es el origen directo del fútbol moderno. La historia del fútbol es un gran rompecabezas cultural construido por distintas civilizaciones. Sin embargo, el ulama sí puede entenderse como una de las primeras expresiones organizadas del deporte: equipos, canchas delimitadas, reglas, puntuación, indumentaria especializada y una profunda dimensión social, ritual y estratégica.
Para Obsidiana, Rochín deja una invitación clara: mirar el ulama no sólo como tradición ancestral, sino como una expresión compleja de la ciencia del movimiento. Su preservación no es nostalgia; es una forma de comprender cómo el cuerpo, la materia, el espacio y el símbolo construyeron conocimiento mucho antes de que lo llamáramos ciencia.