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Publicación: calendar_month 30 de mayo de 2026

Para Ana Romero, primera maestra cervecera de México, la respuesta no está únicamente en la tradición, tiene que ver con la manera en que percibimos los sabores y aromas, con la historia compartida entre aficionados y, sobre todo, con la capacidad que tiene la cerveza para acompañar momentos que rara vez se viven en solitario.

Cuando llegó a la industria cervecera en 1991, recién egresada de Ingeniería Química por la UNAM, las mujeres prácticamente no tenían acceso a puestos operativos en las grandes cervecerías del país. Su oportunidad apareció en un laboratorio de control de calidad de la Ciudad de México, donde comenzó realizando análisis químicos y terminó involucrándose en todas las etapas de producción, con los años profundizó en el estudio de materias primas, procesos de elaboración, desarrollo de productos e innovación tecnológica, una trayectoria que la llevó a convertirse en la primera maestra cervecera de la industria mexicana.

Esa experiencia le permitió descubrir que elaborar cerveza va mucho más allá de seguir una receta, claro la química es fundamental, pero también lo es la capacidad de reconocer aromas, sabores, texturas y matices para transformarlos en una bebida que conecte con quien la consume. “El verdadero dominio requiere curiosidad, creatividad, paciencia y respeto por las materias primas”, explica, cada lote representa una oportunidad de aprender algo nuevo y de entender mejor lo que busca el consumidor.

Quizá por eso la cerveza ha conservado un lugar tan importante en la vida social, a diferencia de otras bebidas alcohólicas, suele tener una graduación moderada, existe una enorme diversidad de estilos y puede acompañar situaciones muy distintas: está presente en reuniones familiares, conciertos, celebraciones y eventos deportivos. En México, además, adquirió formas propias de consumo: basta pensar en la variedad de cheladas preparadas con limón, sal, chile, clamato o frutas para entender cómo una misma bebida puede adaptarse a gustos y costumbres diferentes.

La relación con el fútbol comenzó mucho antes de los grandes contratos publicitarios, desde los primeros años del fútbol moderno en Inglaterra los aficionados acostumbraban reunirse en los pubs antes y después de los partidos. La costumbre viajó con el deporte y terminó arraigándose en numerosos países, donde ver un encuentro acompañado de una cerveza se convirtió en una práctica habitual. Con el tiempo llegaron los patrocinios, las campañas de mercadotecnia y los estadios repletos de marcas cerveceras, pero la conexión ya existía porque respondía a una forma de convivencia que se había construido durante décadas.

También hay razones que se encuentran en la propia naturaleza de la cerveza, su alto contenido de agua, la carbonatación generada durante la fermentación y la diversidad de perfiles sensoriales contribuyen a esa sensación de frescura que muchas personas buscan al seguir un partido, especialmente en espacios abiertos o climas cálidos.

Ana Romero considera que incluso sería posible pensar en cervezas para distintas etapas de un partido, una ligera y refrescante para el inicio, cuando predominan la expectativa y la sed; perfiles más cítricos y amargos para los momentos de tensión; o estilos con mayor cuerpo y complejidad aromática para la celebración posterior. La ciencia sensorial y los estudios de percepción del consumidor permiten comprender cómo determinadas características influyen en el disfrute y en las emociones asociadas al consumo.

La cerveza forma parte del ritual emocional del fútbol porque acompaña tanto las victorias como las derrotas.

Un partido se recuerda por un gol inesperado, una remontada improbable o una atajada decisiva, pero también por lo que ocurre alrededor como la discusión sobre una jugada polémica, el brindis espontáneo después de una anotación.

Para Ana Romero, la cerveza forma parte de ese ritual porque acompaña la euforia de una victoria, ayuda a sobrellevar una derrota y crea un lenguaje común entre personas que quizá no se conocen, pero que durante noventa minutos comparten la misma pasión.

Si tuviera que diseñar una cerveza inspirada en un gol, imagina una lager dorada y brillante, con alta carbonatación, aromas cítricos intensos, amargor moderado y un balance que invite a seguir brindando. Una cerveza capaz de transmitir energía, expectativa y celebración, tan refrescante como el alivio que llega cuando el balón finalmente cruza la línea de meta.
 

Detrás de una cerveza hay ciencia, creatividad, disciplina y una profunda comprensión de los sentidos

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