El fútbol y las matemáticas están intrínsecamente ligados, aunque de bote pronto no lo parezca. El deporte está atravesado por factores psicológicos, emocionales, históricos, sociológicos y, por supuesto, biológicos, pero las matemáticas juegan un papel trascendental en la industria deportiva moderna. Más allá del campo de entrenamiento o los partidos de la liga local, los cálculos también juegan su partido en la tribuna del estadio, en las gradas digitales, en el mercado de fichajes y en las infinitas marcas que vemos inundando camisetas.
La fiesta más grande del fútbol es el pretexto ideal para tirar este pase filtrado y permitir que números, fórmulas, estadísticas y probabilidades salgan del salón de clases para tomar una dimensión mucho más tangible. Aunque no existe una fórmula para meter un gol, sí existen operaciones que nos permiten acercarnos a la posibilidad tanto como sea posible.
Históricamente, las estadísticas del fútbol se limitaban a contar puntos, goles, asistencias, tarjetas acumuladas o minutos disputados. La tecnología amplió radicalmente ese universo y convirtió al juego en una fuente inagotable de información. Lo que antes dependía de la intuición, la experiencia o la corazonada hoy también puede observarse a través de datos. Los números no sustituyen al fútbol; ofrecen otra forma de acercarse a él.
El concepto más popular en los últimos años son los Goles Esperados o xG. La Bundesliga los define como un sistema predictivo que evalúa la probabilidad de anotar en cada oportunidad de gol a partir de distintas variables registradas durante el juego. Cuanto más se acerca el valor a 1, mayores son las posibilidades de que la jugada termine en gol. Una oportunidad con 0.2 xG debería convertirse aproximadamente el 20 % de las veces; una de 0.99 xG tendría prácticamente asegurada la anotación.
La interpretación es tan importante como el cálculo. Si un jugador genera más goles esperados de los que realmente marca, podría estar definiendo mal o atravesando una mala racha. Si ocurre lo contrario y anota por encima de lo que indican sus probabilidades, quizá estemos frente a una capacidad extraordinaria para definir… o simplemente ante una buena dosis de fortuna.
Pero el fútbol moderno no solo intenta predecir goles. También busca comprender todo lo que ocurre antes de que la pelota llegue al área.
Hoy los futbolistas entrenan y juegan utilizando chalecos con tecnología GPS y, gracias a sistemas de cámaras ópticas instaladas en los estadios, es posible registrar las coordenadas de los jugadores a una velocidad cercana a los 25 fotogramas por segundo. El resultado son millones de datos de posición que permiten analizar movimientos, recorridos y ocupación de espacios.
Con esa información, analistas inspirados en modelos matemáticos desarrollados por William Spearman, exdirector de análisis de datos del Liverpool FC, utilizan herramientas como el Álgebra Lineal y los Diagramas de Voronoi para fragmentar el campo en zonas dinámicas de control. Si un jugador acelera, retrocede o permanece inmóvil, la geometría del equipo cambia. Las matemáticas ya no se quedan solo en la calculadora; corren en el pasto y modifican decisiones que durante décadas estuvieron basadas exclusivamente en la experiencia empírica.
Una vez que los datos demostraron su utilidad dentro de la cancha, era cuestión de tiempo para que comenzaran a influir fuera de ella. Ese cambio de mentalidad quedó reflejado en la película Moneyball, que anticipó un paradigma que terminó alcanzando a prácticamente todos los deportes profesionales.
Los algoritmos y los sistemas de análisis modificaron la forma de reclutar, desarrollar y vender jugadores. Durante mucho tiempo, los clubes apostaron por futbolistas que gozaban de popularidad mediática o que acumulaban prestigio por actuaciones recientes. Hoy las decisiones se apoyan cada vez más en bases de datos especializadas y modelos estadísticos capaces de estimar cuánto influye un jugador en las probabilidades de anotar o recibir un gol, cómo responde a determinadas posiciones o cuál puede ser su evolución futura.
Uno de los ejemplos más citados es el del Brighton & Hove Albion de la Premier League. Con un presupuesto considerablemente menor al de gigantes como Arsenal, Liverpool o Manchester United, el club inglés construyó una estructura basada en análisis de datos para identificar talento antes que sus competidores. Jugadores que pasaban desapercibidos para buena parte del mercado fueron incorporados, potenciados y posteriormente transferidos por cantidades millonarias. Mientras otros clubes perseguían estrellas consolidadas, Brighton buscaba patrones que indicaran quién podía convertirse en una.
Los resultados no solo se reflejan en la cancha. De acuerdo con firmas como Deloitte y centros especializados como el CIES Football Observatory, varios equipos que incorporaron de manera estructural el análisis de datos lograron reducir significativamente los sobrecostos asociados a la contratación de futbolistas.
Además, el análisis de datos ya no es exclusivo de clubes multimillonarios o departamentos especializados. También llegó a las manos de los aficionados.
Los avances tecnológicos transformaron la manera en que consumimos fútbol. Hoy resulta común seguir un partido mientras se consulta una aplicación de estadísticas, una plataforma de Fantasy Sports o incluso una casa de apuestas en tiempo real. La experiencia dejó de ser lineal para convertirse en un ecosistema interactivo y multipantalla.
El auge de plataformas como la Fantasy Premier League está estrechamente relacionado con la expansión de los teléfonos inteligentes y la conectividad permanente. Millones de aficionados se han convertido, al menos por unas horas a la semana, en directores técnicos, visores o analistas. Para competir ya no basta con elegir a los jugadores favoritos; es necesario revisar lesiones, estudiar calendarios, comparar rendimientos, evaluar tendencias y optimizar recursos dentro de presupuestos virtuales limitados.
Las apuestas deportivas siguieron un camino similar. Empresas tecnológicas procesan enormes volúmenes de información en tiempo real para alimentar modelos que ajustan probabilidades segundo a segundo. Detrás de los momios aparecen distribuciones estadísticas, aprendizaje automático y sistemas capaces de reaccionar casi instantáneamente a lo que ocurre en la cancha. El azar sigue existiendo, pero cada vez está más acorralado por las matemáticas.
El fútbol es y seguirá siendo impredecible, y quizá ahí radica buena parte de su encanto. Los datos permiten observar el juego desde ángulos que hace apenas unas décadas parecían imposibles, ayudan a entender mejor el rendimiento, las decisiones tácticas o el valor de un jugador, pero siguen sin poder explicar por completo por qué un disparo entra y otro se estrella en el poste.

Cuando el balón vuelva a rodar en México durante la fiesta futbolera, millones de personas estarán observando mucho más que un partido. Detrás de cada carrera, cada pase y cada gol habrá modelos matemáticos intentando descifrar lo que ocurre en la cancha. Afortunadamente para los aficionados, el fútbol todavía conserva suficientes misterios para seguir sorprendiendo a cualquiera, incluso a quienes intentan explicarlo mediante estadísticas y modelos matemáticos.