Cuando Hernán Cortés regresó por primera vez a España en 1528, lo hizo con oro, con el magnífico penacho de Moctezuma y con otras maravillas del arte plumario americano. También llevó chile, jitomate y chocolate, ingredientes que transformarían la dieta universal. Pero entre todas esas novedades, hubo una que dejó a la corte de Carlos V verdaderamente atónita: un grupo de doce jóvenes indígenas, mexicas o tlaxcaltecas, que ocupaban un preciado espacio de carga en el barco no por su fisonomía, sino por una habilidad extraordinaria. Jugaban con una pelota negra de caucho de casi dos kilogramos que, al golpearla, rebotaba con una vitalidad que nadie en Europa había visto jamás.
Transportar a esos atletas no era un asunto menor: comían, bebían, requerían cuidados para mantenerse sanos y fuertes durante la travesía. Quizás fue el deseo de impresionar al rey lo que motivó a Cortés a asumir ese gasto, o quizás intuyó algo que el tiempo confirmaría: que ese juego era mucho más que un entretenimiento, era el eje ritual de toda una civilización.
La pelota en vuelo no era solo un objeto deportivo: era un ser vivo, un astro sagrado, en sí misma, una divinidad en disputa
La pelota mesoamericana era una masa de hule procesada con componentes vulcanizadores que, una vez cocida, adquiría una capacidad elástica sin paralelo. Almacenaba la energía del golpe y la devolvía: después del rebote, regresaba cerca del lugar de donde había partido. En la época de la conquista no existía ningún otro objeto capaz de hacer eso, las pelotas usadas en otros juegos del mundo eran torpes en comparación; nunca tuvieron esa respuesta, esa vitalidad al ser golpeadas.
Esa propiedad definió la naturaleza del juego: no se trataba de atrapar la pelota, sino de golpearla, de mantener su movimiento, de hacer que rebotara y regresara. Las manos no intervenían, eran las caderas y los antebrazos los encargados de imprimir fuerza, y los movimientos resultantes tenían una destreza y una belleza plástica que complementaban el espectáculo. La pelota en vuelo no era solo un objeto deportivo: era un ser vivo, un astro sagrado. En muchos relieves que conocemos, aparece una calavera en su centro, era, en sí misma, una divinidad en disputa.
El juego se practicó desde Arizona, Chihuahua, hasta la frontera sur de Honduras, abarcando toda Mesoamérica y Aridoamérica. En ese vasto territorio, habitado por aproximadamente veinte millones de personas que hablaban lenguas distintas y pertenecían a culturas diversas, el juego era el gran denominador común. Los vestigios de más de 2,500 canchas, llamadas tlaxcos, tastes o pok ta pok, según la región, demuestran que eran elementos fundamentales en la traza urbana de las ciudades antiguas. Desde Paquimé, en Chihuahua, hasta Copán, en Honduras, el juego estaba presente en todas partes.
Las canchas varían enormemente en tamaño, pero comparten una misma lógica espacial. El juego de pelota de Chichén Itzá es monumental: cuando uno está ahí, piensa que ese era un espacio para superhombres, un recinto de masas donde probablemente no se jugaba solo con caderas y antebrazos, sino también con palos o mazos, como lo sugieren los murales del conjunto de Tepantitla en Teotihuacán. En el extremo opuesto están canchas como la de Ranas, en la Sierra Gorda de Querétaro, que tiene apenas el tamaño del patio trasero de un edificio moderno, aunque con tribunas elegantes bien integradas al conjunto. Algunas ciudades poseían decenas de ellas: Cantona, en Puebla, tenía 28; El Tajín, en Veracruz, 21. La coincidencia geométrica entre canchas de culturas distantes es notable: el juego de pelota de Copán es idéntico al de Xochicalco, en Morelos; el de Kohunlich, en Quintana Roo, tiene medidas casi idénticas al de Uxmal, en Yucatán.
El juego de pelota mesoamericano fue el primer ritual universal de América.
El significado simbólico del juego era tan profundo como su extensión geográfica. El Popol Vuh narra la historia de los gemelos divinos que viajan al inframundo y regresan jugando, uno frente al otro, uno contra el otro. En los relieves del juego de pelota de Chichén Itzá aparecen siete jugadores contra siete: uno sostiene en sus manos la cabeza de un contrincante decapitado, y del cuello del sacrificado brotan siete serpientes junto a una planta de maíz. Es un final que parece brutal pero que el relieve presenta como generoso: el sacrificio alimenta al mundo, hace florecer la vida. En El Tajín, los relieves muestran escenas de sacrificio humano y también de autosacrificio, personajes sangrándose el miembro viril para alimentar al cosmos con su sangre, todo entretejido con historias mitológicas que aún no hemos descifrado del todo, pues no conocemos la lengua ni los dioses de esa cultura.
La brutalidad de la conquista rompió la transmisión de buena parte de ese conocimiento. No sabemos con precisión las reglas del juego, cuántos jugadores participaban por bando, ni por qué algunos encuentros culminaban en sacrificio mientras otros eran simplemente partidas entre gobernantes o jugadores profesionales. Lo que sí sabemos es que la memoria colectiva de Mesoamérica ha demostrado ser más resistente que esa ruptura.
Hoy, en Huamúchil, Sinaloa, los tablajeros juegan una versión del juego de pelota de cadera en un espacio que llaman Taste, posiblemente derivado de Tlaxco. Las pelotas de caucho, de dos kilogramos, se fabrican en Guatemala y se guardan en redes para preservar su forma y elasticidad. También existe una variante con pelota de un kilo que se golpea solo con los antebrazos, con dos jugadores por equipo. En Oaxaca se practica la pelota mixteca, con manoplas y pelota de un kilo. En Veracruz y Michoacán se juega con pelotas de fuego. En el Parque Xcaret, en Quintana Roo, los propios jugadores de Huamúchil enseñaron a campesinos mayas a jugar, y el turismo lo ha sostenido.
El juego de pelota ha vivido más de tres mil años en la memoria colectiva. Ahora que los tres países de Norteamérica se preparan para ser sede de un campeonato mundial de fútbol, vale la pena preguntarse si en el imaginario colectivo de nuestros pueblos el juego precolombino no sigue rebotando, invisible pero presente, en cada cancha moderna. La pelota sigue en movimiento, la sacralidad, hoy, tiene otro nombre: el orgullo de representar a tu país. Y si alguien lo duda, que le pregunte a un mexicano, a un argentino, a un brasileño, o al mismo español, si el fútbol es o no sagrado.