La atención apropiada a los problemas de adicciones en las sociedades modernas requiere una estrategia basada en la construcción de un sistema de salud universal y de calidad, en el que se reconozca que no son un asunto que sólo afecta a un pequeño grupo de la población, y que están relacionadas con condiciones económicas, sociales y psicológicas.
Habitamos un planeta vivo, donde existen miles de plantas, árboles, animales, insectos, hongos, microorganismos y seres humanos. A lo largo de la historia de la humanidad, botánicos y biólogos, entre otros científicos, han descrito alrededor de 374 mil especies diferentes de plantas. Esta clasificación nos sirve para conocer sus semejanzas y sus características y comprender sus efectos al comerlas, olerlas o estar en contacto con la piel.
El amplio desarrollo de las drogas sintéticas, como las metanfetaminas o el fentanilo, implica un gran reto para la salud pública y para todos los niveles de gobierno.
En el siglo XXI la humanidad se encontró en una encrucijada: nunca antes la velocidad del desarrollo de la ciencia, la tecnología y las fuerzas productivas había alcanzado una magnitud como la del siglo anterior; lo que produjo un salto cualitativo que se denominó revolución científico-técnica.
El cambio climático ya repercute sobre los ecosistemas y las sociedades humanas. El efecto más evidente es la elevación de la temperatura de la atmósfera; los medios de comunicación constantemente reportan que “es el mes (o año, o década) más cálido en registro”1 y, desafortunadamente, la tendencia no tiene visos de detenerse.
La pesca es una de las principales actividades productivas primarias en el mundo; genera unos 90 millones de toneladas de alimentos cada año y emplea a alrededor de 38 millones de personas. A diferencia de otras actividades primarias, como la agricultura y la acuicultura, depende de las poblaciones silvestres de las diferentes especies de captura, y es por ello más sensible a los cambios ambientales en los ecosistemas acuáticos.
Reflexionemos en el tiempo: hace 15 mil millones de años se formó el Universo y hace 4 mil 500 millones, la Tierra. Cuatro billones de años atrás, comenzó la vida en muchas de sus formas. De esas, algunas se extinguieron (como los dinosaurios) y otras han evolucionado, formando la gran biodiversidad que habita nuestro planeta. En ese camino de evolución, el Homo sapiens, única especie de los homínidos que aún perdura, apareció hace 100 mil años. Por lo que la madre Tierra tiene 20 mil veces más años de “experiencia” que nosotros.
Hace tiempo, durante un viaje a Dzilam de Bravo, Yucatán, observamos “arbustos”, “zacate” y un cierto color en el agua de la costa. Luego de estar en contacto con estos elementos por varios días surgió una duda: ¿acaso tienen alguna función? Años después, estudiamos biología y entendimos la importancia de los ecosistemas costeros.
Desde el descubrimiento de los rayos X por el científico alemán Wilhelm Conrad Röntgen en 1895, las ciencias naturales y médicas avanzaron enormemente gracias a las herramientas que proporciona la radiología, la cual utiliza estos rayos para explorar, desde el estado de salud de un individuo hasta un ecosistema completo.
Todos hemos escuchado hablar de la materia oscura: una cantidad inmensa de partículas en el Universo que son invisibles pues no absorben, reflejan, ni emiten luz, pero cuyos efectos determinan en buena medida el funcionamiento del cosmos. En la biología hay algo muy parecido: los parásitos.
El Antropoceno es una unidad de tiempo geológico que, si bien no es reconocida universalmente1, se utiliza para referirse al período actual de la historia de la Tierra. Se caracteriza por los cambios en el clima del planeta y las alteraciones a la biosfera debidas a la introducción y acumulación de materiales exógenos producidos por distintas actividades humanas.
El mar siempre atrajo mi atención. Explorar sus vastas profundidades y comprender las variables que definen los patrones de la diversidad biológica reafirman la importancia del océano. Siempre, como mujer, encontré apoyo para poder estudiar el océano y descubrir nuevos ecosistemas asociados a los fondos marinos.
Sólo he tenido la oportunidad de disfrutar un eclipse total de Sol, el de 1991, y jamás lo olvidaré. Ya estudiaba la maestría en Astrofísica, pero de no haberlo hecho, seguramente me habría empujado a seguir esta carrera. Puedo describir lo que sucedió: el cielo se oscureció, aparecieron las estrellas brillantes y algunos planetas, las aves se confundieron con la noche y buscaron sitio para dormir, se pudo apreciar la corona y el llamado anillo de diamantes, pero no puedo explicar completamente lo que sentí.
Tenía 12 años, era verano y, junto con otros chicos de mi edad, estaba en un curso de cuatro semanas en un jardín enorme al norte de la Ciudad de México. No recuerdo haber sabido hasta ese momento nada sobre el espectáculo del que sería testigo. Cerca de medio día nos repartieron unos cartoncitos con algo que parecía un papel metálico para observar un fenómeno astronómico maravilloso: un eclipse de Sol.
El estudio del Sol tiene un impacto significativo en la vida de cada habitante de nuestro planeta. La sociedad actual depende cada vez más del uso de la tecnología, como la que se basa en el uso del posicionamiento terrestre a través de satélites (Global Navigation Satellite System, GNSS), por citar un ejemplo. Sin embargo, particularmente esta tecnología puede verse afectada ante la presencia de fenómenos energéticos en el Sol, que generan la emisión de radiación o partículas. Por situaciones como esta, es vital estudiar y descubrir nuevos conocimientos sobre nuestra estrella que nos brinden oportunidades para educar, concientizar y fascinar a la sociedad.
Desde un lejano pasado, los seres humanos han observado la bóveda celeste, maravillándose por su belleza y la regularidad de sus movimientos, un incentivo intelectual hacia un razonamiento analítico que describa el Universo. Las culturas de la antigüedad idearon métodos para entender los mecanismos de esa dinámica cósmica que hoy en día aún puede admirarse en documentos, artefactos mecánicos y a través de estructuras arquitectónicas orientadas hacia eventos celestes. Como parte de Mesoamérica, en la época prehispánica en México se desarrollaron prácticas que demuestran el papel fundamental que jugó la astronomía en su evolución cultural.
Hay juegos que no terminan cuando cae la tarde. Permanecen en el cuerpo, en la memoria de los pueblos y en la manera en que una civilización entiende el movimiento del mundo.
calendar_month 28 de mayo de 2026